A veces sucede que sentimos el abrazo de lo oscuro, de lo sombrío, que nos acoge y nos envuelve con sus alas negras. Nos arropa de tal forma que sus alas se cruzan por delante de nuestros ojos y todo se convierte en un manto opaco, carente de toda luz. Intentamos dar un paso hacia al frente, pero es tal la angustia por la falta de claridad que en lugar de avanzar, retrocedemos. Andamos con pies de plomo imaginándonos toda clase de obstáculos ante nosotros. Nuestra imaginación rueda por el lado contrario del que nos libera. Nuestra mente se acomoda a este estado y entabla una competencia con la imaginación para ver quien llega más lejos en el camino de la amargura. De pronto, nos damos cuenta de que tenemos dos manos a las que hemos ignorado por completo. Es entonces cuando volvemos a nuestro ser y tomamos conciencia de lo que somos. Dirigimos el brazo derecho hacia el rostro y con los dedos de la mano descubrimos el ala oscura que tapaba nuestra mirada. La luz se hace, un primer costado es liberado. Estamos a mitad de camino entre la oscuridad y la claridad. Nuestra imaginación comienza a cambiar de rumbo, los pensamientos comienzan a fluir de manera positiva y constructiva. El brazo izquierdo se desplaza hacia el otro lado del rostro y retira la segunda ala. La luz se hace por completo ante nuestros ojos. El camino se vuelve a mostrar en todos sus colores. Ya no tenemos miedo a dar el primer paso, sino que queremos dar un paso tras otro para llegar a aquel rincón mágico que vemos en la distancia. El arco iris de la vida nos sonríe, porque nosotros sonreímos a la vida.
domingo, 24 de enero de 2010
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