Una mañana despiertas y descubres que todo a tu alrededor no es lo que parecía. Que lo que creías que era real no es sino el reflejo de un mundo creado por seres muy superiores a nosotros. Seres con un corazón envenado por la codicia. Seres que desconocen el amor. Seres que sólo conocen el rencor, la envidia, y que sólo viven para si mismos. Crearon un mundo a su imagen y semejanza para sentirse realizados. –Nos observan, manejan nuestras vidas. Somos sumisos, aun sin saberlo, a sus oscuros deseos. Ellos dominan la mitad oscura de nuestra alma. Ese otro yo interno que todos tenemos y que aparece a hurtadillas en determinadas ocasiones. Manipulan nuestra mente para que olvidemos todo lo bello, para que no seamos capaces de descubrir los pequeños detalles que alegran la vida, que nos impulsan con ímpetu por ella, que nos inyectan la adrenalina que necesitamos para seguir viviendo con todos los sentidos activados y siendo conscientes de que la vida es maravillosa, y que si se sabe mirar, el placer concebido es inmenso.
Estos seres intentan acabar con nuestra civilización. Quieren despojarnos de todo lo que nos rodea y asentarse en este mundo. Anhelan nuestro planeta, cuna de paraísos salvajes. Pretenden, de ese modo, lavar sus conciencias y dejar atrás sus vidas maltrechas, llenas de miserias. Vidas apagadas, teñidas de gris, monótonas y austeras.
Por desgracia sólo unos pocos somos conscientes de lo que ocurre. Sólo unos pocos luchamos porque nuestra parte amable se instaure para siempre en nosotros; por dejar a un lado todas las facultades negativas que anidan en nuestro interior. Sólo unos pocos contemplamos la belleza que viste al planeta de luz y color, que lo empapa y está ahí, esperando a que nuestros ojos la oteen.
Estos seres intentan acabar con nuestra civilización. Quieren despojarnos de todo lo que nos rodea y asentarse en este mundo. Anhelan nuestro planeta, cuna de paraísos salvajes. Pretenden, de ese modo, lavar sus conciencias y dejar atrás sus vidas maltrechas, llenas de miserias. Vidas apagadas, teñidas de gris, monótonas y austeras.
Por desgracia sólo unos pocos somos conscientes de lo que ocurre. Sólo unos pocos luchamos porque nuestra parte amable se instaure para siempre en nosotros; por dejar a un lado todas las facultades negativas que anidan en nuestro interior. Sólo unos pocos contemplamos la belleza que viste al planeta de luz y color, que lo empapa y está ahí, esperando a que nuestros ojos la oteen.
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