sábado, 22 de noviembre de 2008

Vida

Hoy, no sé por qué razón, siento la necesidad impetuosa de escribir. El frescor del amanecer ha despertado en mí algo que creía muerto. Las ganas de vivir. De contemplar y disfrutar, de descubrir que en este mundo hay cosas que merecen la pena, y que por el sólo hecho de que están, vale la pena seguir viviendo. La dulzura de un niño; su sonrisa pura e inocente. ¡Qué bonito! Como añoro la niñez, mi infancia. Aquel mundo transparente, esa esfera mágica donde te encuentras apartado de todo. De toda la realidad, la verdadera realidad. Una atmósfera especial donde el poder de la imaginación y la capacidad de sorpresa ante cada minuto vivido es una constante. Qué tiempos. Como tantos, como tantas veces.
Un día como hoy me vienen los recuerdos más felices de mi vida, los momentos de absoluta felicidad, de auténtico goce. ¿Dónde quedó todo aquello? No quiero este nuevo mundo que me toca vivir. No quiero adentrarme en él. Es todo tan superficial, tan agobiante, represivo en cuanto al alma. Nadie vive, nadie siente. Sólo se sobrevive. Se intenta vivir de la mejor manera posible, pero sólo en apariencia. Las necesidades del alma quedan a un lado. ¿Quién se deja llevar? ¿Quién disfruta de los pequeños placeres? ¿Quién aprecia los pequeños detalles y se extasía en la belleza que, a pesar de todo, existe y nos rodea? Porque lo bello es todo aquello que nos libera, por un momento, de los pesares, de las ataduras, y despierta en nosotros la virtud de descubrir los pequeños tesoros escondidos que la vida nos ofrece. Para todo aquel que sepa ver, para todo aquel que sepa mirar. Y sólo dejarse llevar...

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